Hubo un tiempo, en una tierra muy lejana, donde aquellos que estaban oprimidos rompieron sus cadenas. Donde aquellos a los que se les negaba la palabra alzaron sus voces. Un tiempo en que aquellos que tenían hambre exigieron su derecho a comer. Un tiempo en que aquellos que morían por aquel que se decía su superior se rebelaron. Era un tiempo donde un grupo de hombres y mujeres imaginaron una utopía y lucharon por conseguir hacerla realidad.
Sin embargo, hoy en día, aquellos que se dicen herederos de aquel espíritu revolucionario, en algún momento del camino en busca de la utopía, erraron el rumbo. En la búsqueda de la libertad les negaron esta a sus compañeros. En su pelea por acabar con las clases crearon nuevas clases dominantes. En su afán por terminar con los reyes alzaron los suyos propios. En su reivindicación de que sus palabras fueran oídas acallaron al resto y se alzaron como únicos portavoces. Exigieron lealtad a los nombres en vez de a las ideas. En su celo revolucionario terminaron convirtiéndose en aquello contra lo que sus predecesores lucharon.
Hoy, igual que ayer, los individuos que se permiten pensar libremente, aquellos que niegan tutelas y adoctrinamientos, sufren persecución. Pero es el orden natural de las cosas que llegará el día en que el oprimido se levante contra el opresor, llámese este como se quiera llamar o diga representar aquello que no le pertenece.
Las ideas son patrimonio de los hombres y mujeres libres, y a estos nadie ni nada podrá hacerlos callar.
Samuel Domínguez Domingo
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario