miércoles, 30 de junio de 2010

Crónica de una Refundación anunciada (jun10)

El sábado estuve en Madrid. La I Asamblea de Refundación esperaba a gentes de la izquierda. Ilusión, reticencias, miedo (por qué no decirlo), expectativa al fin y al cabo por lo que pudiera suceder en una jornada tan señalada. No en vano Fuenlabrada marcaba un punto de inflexión. Lo que pasara en esa asamblea iba a marcar el devenir de la izquierda española. Fracaso o éxito dependería en gran parte de lo que allí sucediera.

La oportunidad histórica era inmejorable. Una crisis del capitalismo como jamás se había visto. Miles de ojos poniendo sus esperanzas en lo que pudiera suceder allí. La consigna era clara; aunar a la izquierda, que todas sus familias fueran capaces de iniciar un proceso constituyente que desembocara en una alternativa fuerte a las políticas neoliberales del PSOE y del PP, que en su ceguera (o mejor dicho, en su vasallaje a los grandes poderes económicos) no contemplan más alternativa que “más de lo mismo”.

Nada más llegar, la primera noticia triste. Parte de la izquierda asturiana no iba a asistir. Mal comienzo. Difícilmente se puede refundar algo si previamente no se cierran las heridas del pasado.

Pero, en fin, uno es joven y la esperanza es lo último que se pierde, así que asistí al plenario esperando ese impulso tan necesario para la izquierda.
Para ser justos debo decir que si lo que buscaba en el plenario era ilusión, la encontré. Las distintas intervenciones confirmaban lo que debería ser evidente. Había que buscar la unidad de la izquierda. Faltaban muchos pero las puertas estaban abiertas. Lo que ese día comenzaba (o teóricamente continuaba) era la refundación de la izquierda, no de Izquierda Unida en clave endógena. Incluso se incidió que los que a día de hoy formábamos Izquierda Unida deberíamos ser una minoría el día de mañana dentro de aquello que surgiera. Incluso Luis García Montero se atrevió a hablar de “nosotros y nosotras”, nada de sectores o familias, nada de “los tuyos” o “los míos”.

Acabado el plenario las pilas estaban cargadas para ir a las distintas comisiones.
Sin embargo, con la llegada de las comisiones de trabajo volvieron las dudas. La mayoría de estas comisiones establecían un marco programático dividido en diferentes temáticas. No en vano siempre hemos defendido que el programa es lo que nos debe unir. Un programa elaborado y consensuado de forma colectiva. Solo una comisión, de última hora, no estaba relacionada con lo programático. Una comisión cuyo eje central era el organizativo.

La idea era clara. Cómo debíamos organizarnos para que lo hablado en el plenario fuera verdad. Cómo articularnos para que nuestro programa pudiera llegar a convertirse en una realidad. Cómo íbamos a confluir todos en un proyecto que debía establecerse como alternativa.

No había documento previo, solo varias ideas apuntadas. Si el plenario recargó mis esperanzas depositadas en esta asamblea, la asistencia a esta comisión empezó a descargármelas a una velocidad de vértigo.

No fue responsable el debate de cómo debíamos organizarnos, ni mucho menos la diferencia de opiniones (que si partido de cuño tradicional, que si movimiento político y social y que entendíamos bajo esta definición, que si la rigidez estatutaria, etc.)

Una opinión venía defendida con fuerza, como si de una consigna se tratara, por cierto sector de la comisión. La nueva forma de organización, ya fuera de Izquierda Unida o de lo que surgiera de este proceso, debía de descargarse de “estructuras comunes”, que en su opinión nos asemejaban más a un partido tradicional que a un movimiento político y social. La única “estructura común” que debía fortalecerse debían ser las Áreas de Elaboración Colectiva.

Vamos por partes. Coincido con la importancia de las Áreas, pilar fundamental de la elaboración programática, siempre en busca del consenso. Coincido en su fortalecimiento y añado el papel protagonista que deben tener en las mismas la base plural, motor básico y esencial de cualquier organización que se diga de izquierdas.

Sin embargo, descargar de “estructuras comunes” a nuestra organización ¿En qué nos convertiría? ¿No se perdería la incidencia de aquello que García Montero señaló, con tanto acierto, del “nosotros y nosotras”? Seríamos un conjunto de “familias”, partidos, grupos, asociaciones e independientes tan solo unidos por el programa ¿No recibe eso el nombre de coalición? Y sigo ahondando en el tema ¿No nos convertiría en una mera marca electoral, una estrategia de pluralidad cogida con alfileres de cara a la opinión pública? Y si esta estructura viera la luz ¿A qué papel quedarían relegados los independientes y grupos minoritarios en cuanto a capacidad de incidir en las decisiones de la organización? ¿No les convertiría este tipo de estructura en mera “mano de obra” de elaboración programática en manos de los grupos mayoritarios?

En esta comisión también quedaron reflejados los problemas internos en la provincia de Jaén, para disgusto de la mesa que no consideraba que fuera sitio para tratarla, pero ¿No tienen derecho a saber aquellos que se han acercado a nosotros con este llamamiento? Si no somos capaces de cerrar nuestras heridas de una forma justa y coherente todo este proceso queda desvirtuado. Me dio la impresión que la resolución de conflictos dentro de I.U. se limita a barrer debajo de la alfombra para que todo esté impecable ante las visitas, pero si miras debajo de la alfombra todo sigue allí.

Un último detalle de esta comisión es que se echó en falta referencias al papel capital que deben tener las asambleas de base y su soberanía. Las bases deben ser el motor de la izquierda. Si olvidamos esto estamos condenados al fracaso.
El plenario que cerró la asamblea lo vi con distintos ojos al que inauguró la jornada. No podía evitar sentir cierto sabor agridulce. Las palabras bonitas seguían ahí pero los actos no acompañaban.

Ese mismo domingo hubo una manifestación en las calles de Madrid convocada por Izquierda Unida. ¿Dónde estaban el resto de colectivos que iban a refundar la izquierda con nosotros? ¿Por qué la convocatoria no era de todos? ¿Dónde estaba el “nosotros y nosotras”?

Quizás sea el pesimismo pero veo la “refundación” más lejos que nunca, al menos la refundación real desde abajo en la que tan firmemente había creído. Así no.

Samuel Domínguez Domingo

domingo, 6 de junio de 2010

Así nos luce el pelo (jun10)

A perro flaco todo se le vuelven pulgas. Eso debe de estar pensando más de uno desde su sillón. Y es que la actual crisis ha venido a dejar en evidencia lo que algunos ya veníamos advirtiendo, la debilidad cada vez más acuciante del estado. Debilidad llevada de la mano de los dos grandes partidos que se visualizan no solo en España, sino también en Andalucía.

Y es que el problema no es nuevo, aunque ahora resulte más patente. El bipartidismo, asentado en una más que injusta ley electoral, es en gran parte responsable del descrédito que viene sufriendo la labor política desde hace ya varios años. La vida política se ha bipolarizado para la sociedad, donde el negro se contrapone al blanco, sin grises ni matices, y donde el discurso político se ha abandonado por el “y tu peor”.

Pero no hay que engañarse. Esta bipolaridad solo es mediática. Un ejercicio de pugna por el poder con el tan manido “quítate tú para ponerme yo”. Cualquiera con un mínimo de visión crítica puede darse cuenta de que ambos partidos son dos caras de la misma moneda. Las propuestas son las mismas, diferenciándose en matices más de cara a la opinión pública que por convicción. Y así nos va.

La actitud tanto del PP como el PSOE al cambio de ley electoral es la misma. De ninguna de las maneras van a abordar un tema que puede hacerles perder su situación de privilegio. Poco importa que la actual ley sea injusta. De nada sirve que el voto de un/a andaluz/a no valga lo mismo que el de un/a gallego/a, de la misma forma que poco importa que un voto al PSOE o al PP tenga más valor que un voto a IU. Para ellos estas cosas son minucias sin importancia. Un pequeño precio a pagar en pérdida de calidad democrática para mantener su estatus. Y eso que se supone que la voz de todos en democracia vale lo mismo.

Seguramente el argumento a esgrimir es el de la protección de las minorías territoriales (véase CIU o PNV), pero este argumento no resulta válido. ¿No se supone que para esto ya existe una cámara, el Senado, que es la encargada de la representación territorial? Y si el Senado no funciona como debiera ¿no sería más lógico abordar de una vez su reforma? Pues no, para ellos la solución lógica es que existan deficiencias de funcionamiento en ambas cámaras.

De todas formas no hay por qué sorprenderse. Que hay déficits democráticos en el estado español es solo una más de tantas contradicciones e incoherencias que tenemos asumidas.

También se recoge en la constitución que todos tenemos derecho a una vivienda, pero alguien se olvidó de especificar que no se podía especular con un bien de primera necesidad. También se hace hincapié en que todos y todas tenemos derecho a un trabajo, pero esta afirmación también se quedó como una mera declaración de intenciones, y mucho menos se iba especificar nada de que ese trabajo tenía que ser de calidad, no fuera que se cerrara la puerta a la precariedad laboral.

También nos han hecho creer que todos los españoles y españolas tenemos los mismos derechos y deberes, sin embargo sabemos de sobra que no es así.

Ley electoral aparte, donde ya sabemos que no todos valemos lo mismo en esta democracia, resulta que aunque teóricamente todos tenemos los mismos derechos solo uno tiene derecho a ser jefe del estado. Debe apellidarse Borbón y, por si fuera poco, para ser el siguiente jefe de estado hay que ser el mayor de sus hijos, teniendo preferencia el hombre sobre la mujer. Da igual los méritos, la formación o simplemente la voluntad popular. Y eso que se supone que la soberanía nacional reside en el pueblo. Lo que nos lleva a otro tema.

Si la soberanía reside en el pueblo, y el gobierno y los poderes públicos lo representan, lo lógico es que estos poderes velaran y defendieran nuestros intereses. Si esto significa intervenir de forma activa en la economía está de sobra legitimado. No solo es su derecho, sino que es su obligación. Sin embargo los dos partidos mayoritarios coinciden en el no intervencionismo económico a favor del libre mercado. Si un gobierno no defiende los intereses de aquellos a los que representa para mi queda deslegitimado. No es comprensible que un gobierno defienda los intereses de los grandes capitales privados que en nombre del libre mercado nos han traído a esta situación, y seamos los grandes perjudicados los que tengamos que cargar con las consecuencias. No tiene lógica que el dinero público tenga que servir para ayudar al gran capital privado en situaciones de crisis pero no se pueda desarrollar un sector público fuerte. No es lógico que no exista una banca pública dejándonos a todos en manos de la banca privada y su continua búsqueda de mayores beneficios. Y tampoco es lógico que sectores estratégicos como el energético esté en manos privadas.

Y es que cada vez es más evidente que el actual sistema es solo una herramienta en manos de los grandes capitales privados, gestionados de forma sumisa por el PP y el PSOE. A estos dos partidos poco les interesa el interés general. Solo se mueven por instinto electoralista, ¿o qué nombre puede recibir si no lo que ha ocurrido en Andalucía con la deuda histórica? Ninguno de estos dos partidos ha creído nunca en ella. Solo les ha servido de arma arrojadiza para erosionar al rival, reivindicando su pago o regateando con ella según conveniencia, todo para acabar finalmente reducida y pagada en especias. Y luego se arroparán en la bandera andaluza cuando lleguen las elecciones. Nos intentarán hacer creer que para ellos Andalucía es lo primero, pero se les niega constantemente la posibilidad de tener unas elecciones separadas de las generales. Unas elecciones donde se pueda hablar de Andalucía, de sus necesidades y de sus carencias, sin que sea solapado dicho debate por ningún otro. Para estos dos partidos Andalucía es un granero de votos, un pueblo al que adular y engañar constantemente, al servicio de sus intereses.

Y es que así nos luce el pelo. Una sociedad desencantada y desactivada donde dos partidos luchan constantemente con el único objetivo de alcanzar el poder para poder mantener su estatus, sin intereses reales más allá que los propios, sin ánimos de transformar lo que tenemos en algo mejor para todos.

Pero aquí no pasa nada. Si algún día, los que en ese momento tuvieran los sillones se vieran en la desgracia de perderlos, siempre les quedaría la confianza de que dentro de algunos años (cuatro o quizás ocho) volverían a recuperar lo que nunca debieron perder. De eso se encargará su mimada ley electoral.


Samuel Domínguez Domingo