martes, 23 de agosto de 2011

Soberanía Secuestrada (ago11)

Hace poco más de una década comenzamos el siglo XXI. Tras el convulso siglo XX una nueva etapa se abría para la humanidad. Los últimos avances tecnológicos habían conseguido acercar a los ciudadanos del mundo. Parecía que todos habíamos tomado nota de los conflictos que habían asolado no solo Europa, sino el mundo. La tierra como planeta daba muestras de hartazgo ante la acción humana y llegaba el momento de dar soluciones. La miseria, el hambre, las desigualdades sociales y los conflictos religiosos eran materias para tomar nota de cara a un futuro que se abría a nosotros con la esperanza de quién cierra un ciclo y pretende que el que abre sea mejor, carente de los errores del pasado.

Sin embargo, si en algún momento tuvimos la esperanza de que los gobernantes hubieran aprendido, que los grandes poderes económicos entendieran el ocaso de un modelo agotado, o simplemente que nuestros representantes estuvieran a la altura del reto que se les presentaba, obviamente no fue así. O no supieron estar a la altura o, simplemente, no quisieron estarlo.

Y nos encontramos en el presente. Un presente cuyo mayor peligro no es que no se aprendiera de los errores del pasado o que aquellos que llevan la batuta de la historia no se hayan puesto a trabajar por un futuro mejor para todos y si para el de una minoría elitista. El mayor peligro que tenemos en nuestro presente es que no nos quieren dejar soñar con un futuro mejor.

Nos encontramos un panorama desolador donde todo parece justificado por la gran crisis económica global. El paro, la pérdida de derechos, el recorte de servicios sociales, el debilitamiento de los poderes públicos,… un suma y sigue siempre justificado con el mismo argumento: La crisis.

Pero no podemos evitar preguntarnos hasta qué punto todo es justificable. Cómo puede ser que aquellos que han provocado esta situación son a la vez los más beneficiados de la misma. Con qué justificación aquellos que hemos sido títeres durante tanto tiempo de estos poderes tenemos que ser también ahora los máximos perjudicados. Cómo puede ser que los poderes públicos, aquellos mismos que deberían representarnos y defender nuestros intereses cedan soberanía y se plieguen a los mandatos de aquellos que nos han llevado a la más absoluta de las ruinas.

Sin lugar a dudas es completamente incomprensible. Escapa de toda lógica.

El Tratado de Maastrich y el Pacto del Euro, pese a las repetidas advertencias que ya hacíamos en el pasado, han venido a construir una Europa del capital más allá que una Europa de los pueblos. Nos ha convertido en una herramienta al servicio de intereses particulares y de grupos de poder cuyo único credo es ganar más dinero a costa de lo que sea. El referente son los índices bursátiles y económicos, por encima de las tragedias que en multitud de ocasiones esconden los fríos números. Grecia, Portugal e Irlanda son los mayores ejemplos de un nuevo tipo de neocolonialismo económico, pero no los únicos. España sigue sumisa el camino que le han marcado y parece que es cuestión de tiempo que nos veamos en las mismas.

Y es que hemos llegado a un punto donde todo y todos somos objeto de especulación económica. Las personas, las acciones, los derechos, los recursos naturales, el dinero mismo, todo vale para generar más dinero. Pero parten de una premisa errónea. No todo vale.

La vivienda es un derecho. El trabajo es un derecho. La educación es un derecho. La salud es un derecho. La alimentación es un derecho. La dignidad es un derecho. Nada de esto sirve para poder especular y generar beneficios de las necesidades básicas de las personas, y como derechos básicos los poderes públicos tienen que defenderlos y salvaguardarlos. Si esto no fuera así estos poderes estarían haciendo dejación de sus funciones.

Pero los grandes poderes económicos opinan lo contrario. Todo es privatizable. Todo es objeto de negocio y por lo tanto se tiene que ajustar a las leyes del mercado. Por supuesto que siguiendo este razonamiento ningún estado debe intervenir en la economía porque entonces hablaríamos de que se atentaría contra esas leyes. Por lo visto las leyes del mercado están por encima de los derechos y libertades de los individuos que tanto trabajo y tiempo han costado conquistar. Incluso parece que está por encima de las propias leyes naturales.

Los recursos naturales no escapan a esta ola de mercantilismo voraz. Todo parece tener dueño y de esta forma se puede vender y poner precio al antojo del interesado. Un mundo de recursos finitos explotados de forma sistemática en la búsqueda de un crecimiento económico infinito. No solo es algo ilógico sino que es amoral.

Ante esta situación los ricos cada vez son más ricos y tienen más derechos y los pobres cada vez son más pobres y con menos derechos. Y que nadie se llame a errores. No existe la tan nombrada clase media. Solo distinciones entre pobres con pocos derechos y más pobres con menos derechos. Todos estamos indefensos y a la voluntad de la nueva clase dirigente mundial.

Pese a todo parece que hay un pequeño atisbo de esperanza. No es muy grande a día de hoy pero es algo, y puede ser la semilla de algo mayor.

La más que maltratada juventud española por fin se echó a la calle indignada de tantas felonías. Esa misma juventud que tantas veces ha sido acusada de apolítica, pasota y desinteresada. Esa generación de españoles y españolas que es la mejor formada de nuestra historia y la peor aprovechada. Cansada de oír siempre los mismos cantos de sirena salió a la calle dando una lección no solo a los grandes partidos políticos españoles sino al mundo entero. Nuevamente se hacía válida la cita de “España, que gran pueblo si hubiera gobernantes a la altura”.

Pero como decíamos anteriormente es tan solo un pequeño atisbo de esperanza. Se lucha contra un sistema y unos poderes muy consolidados y, hasta cierto punto, muy asumidos como “naturales” por parte de la mayoría de la población. Como muestra un botón: los resultados de las elecciones municipales de 2011. Y es que la desconfianza hacia los partidos políticos es tal que en la mayoría de los casos se prefiere lo malo conocido a lo bueno por conocer. Si a eso le sumamos un sistema político injusto tenemos el coctel perfecto que perpetuará esta situación mientras no exista un desencadénate que rompa dicha dinámica.

Y es que el sistema político español es una gran obra de ingeniería diseñada para perpetuarse en el tiempo, sin sobresaltos ni contratiempos. Y ahora, gracias a nuestros representantes, sumisa a los grandes poderes económicos globales.

Una ley electoral diseñada para perpetuar el bipartidismo en España, unido al control mediático y en muchas ocasiones a la inercia electoral hace de la España actual una mala copia de la España de otros tiempos. Una España bipartidista donde la dualidad de discursos oculta la unidad de proyectos económicos, maquillada con políticas más o menos sociales, casi siempre acompañadas de partidas presupuestarias deficientes o nulas, según quien retenga el poder en cada momento. De esta forma se entra en un círculo vicioso del que, aparentemente, no hay escapatoria posible.

El movimiento 15M, esa reacción social que ha irrumpido en la vida política y social española, ha venido a ser una bocanada de aire fresco que ha pillado a esta clase política con el pié cambiado. Y sin embargo su repercusión a largo tiempo es algo que, cuanto menos a día de hoy, resulta discutible.

Como reflexionábamos anteriormente este sistema está diseñado para sobrevivir. Todo el movimiento social generado puede quedar en algo meramente anecdótico con el transcurrir del tiempo. Hay que ser realistas y contemplar dicha posibilidad. El tiempo juega a favor del sistema, más preparado para sufrir el desgaste propio de este tipo de conflictos sociales. El discurso de que el pueblo habla a través de las urnas los autoconvence en sus justificaciones. Pero claro, la ley electoral sirve para que así sea. Incluso existe el peligro más que evidente que se termine por recoger muchas de las reivindicaciones que se han sacado a la calle por parte de alguna de estas fuerzas políticas, sino por ambas, para que con el tiempo veamos como son adaptadas y manipuladas para el servicio de los mismos poderes que ahora nos empeñamos en combatir. Incluso el de captar alguno de los miembros más significativos de estos movimientos para que pasen a formar parte del sistema mismo.

El discurso existe. Las ideas están sobre la mesa. Y son realizables. Solo falta voluntad política para llevarlas a cabo. Pero esta voluntad, al menos la que tímidamente muestran a los medios los depositarios del mal llamado poder popular, es una pantomima. Un ejercicio de teatro puesto en marcha con el afán de recoger votos en el siguiente encuentro electoral. Básicamente cambiar para que todo siga igual.

Ante esta situación debemos preguntarnos si existe alternativa. Sabemos por experiencia que luchar contra el sistema es complicado, más aún salir airosos de ese enfrentamiento. Y participar del sistema para cambiarlo, al menos con las estructuras actuales es en sí mismo una contradicción bastante evidente. Y es que no podemos usar términos como democracia real, democracia participativa, pluralidad o participación cuando nuestro modelo democrático, junto a otros defectos, se sustenta en partidos políticos que se basan en una estructura tradicional a la que nos atreveríamos de denominar como poco de arcaica.

Un partido político de cuño tradicional puede llegar a ser, y de hecho es en la mayoría de los casos, uno de los componentes menos democráticos de este sistema. Estructuras piramidales, órganos poco representativos con sus bases sociales, el olvido de las mismas, la pérdida de referentes ideológicos, los programas electorales convertidos en papel mojado, etc. hace muy poco creíbles discursos donde el eje es la radicalidad democrática.

Las bases de una fuerza política deben ser lo que el pueblo a un estado. De ahí es de donde emanan las decisiones, a ellos se deben y representan, y ante ellos deben dar explicaciones de sus actos. Los dirigentes de una fuerza política no deben ser más que meros portavoces de las bases que componen dicha fuerza. Se deben a un programa electoral, elaborado a partir de aquellos referentes ideológicos que, al fin y al cabo, han unido a tantas personas dispares en un proyecto político. Un programa que se debe elaborar entre todos y todas. Porque no olvidemos nunca que el objetivo último de una fuerza política debe ser hacer política. Llegar al poder es tan solo un medio para llevarlas a cabo, y que una vez que alcanza el poder debe trabajar al servicio de un pueblo que es al que representa y defiende, y el que a través de una ley electoral justa y representativa le ha otorgado la confianza para que pueda llevar a cabo esas políticas que defiende.

Los dirigentes como meros portavoces de las bases, la consulta vinculante a estas, el establecimiento de primarias y listas abiertas, entre otros conceptos, hacen de un partido político una fuerza coherente con el discurso de democracia radical en el que ahora se arropan tantos.

Cambiar el modelo de partido tradicional es, en cierta forma, la manera de participar en el sistema cambiándolo. Todo esto sin cejar en otro tipo de acciones.

La nueva ley electoral no es un capricho, es una necesidad de una sociedad que clama por sus derechos. En teoría el Congreso de los Diputados representa a todos y todas los/as españoles/as, aunque la realidad dista mucho de ser así. Con la actual ley electoral somos muchos y muchas los que nos quedamos sin representación en la cámara. Otros tantos a los que se infravalora a través de su representación y otros a cuya palabra se les da más valor que al resto. En un llamado Estado de Derecho esto es un auténtico atropello para los ciudadanos y ciudadanas. Ante esta barbaridad la justificación viene de la mano de la defensa de las minorías territoriales. Sin embargo, como anteriormente comentábamos, esa labor no le compete al Congreso. Para la representación territorial está, o debería estar si de una vez se iniciara la tan cacareada reforma del mismo, el Senado, donde todos los territorios se ven representados con el mismo peso político.

Por más vueltas que se le quiera dar no deja de parecer una chapuza. Una chapuza que va en detrimento de la calidad democrática de españoles y españolas. Una chapuza que tarde o temprano habrá que arreglar para que el sistema político español tenga un mínimo de credibilidad.

Y es que lo que toda lógica lleva a pensar es que la evolución natural de un estado de las autonomías es a un estado federal. Una república federal que tenga como pilar básico la solidaridad entre territorios.

Y hablamos de república porque no se puede utilizar otro término si nos referimos a democracia radical. No podemos por una parte reivindicar que todos y todas tengamos los mismos derechos y que nuestra palabra valga lo mismo, y a la vez establecer ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda dependiendo de si te apellidas de una determinada forma y eres primogénito. Si cumples estos requisitos tienes derecho a ser Jefe de Estado y si no cumples con estas condiciones no. Por muy parlamentaria que se diga una monarquía, desde el momento en el que el pueblo no puede elegir libremente a quien quiere tener como Jefe de Estado no es una democracia completa.

Una República Federal Española, solidaria entre sus territorios, con unas instituciones y leyes justas, democráticas y realmente representativas, debe tener como principal prioridad la defensa de los intereses y los derechos de sus ciudadanos y ciudadanas, poniendo a su disposición los medios para que estos derechos sean una realidad y no una mera declaración de intenciones, como ocurre a día de hoy.

El derecho a una educación y a un servicio de salud público de calidad debe ser una prioridad.

Los derechos a subsidios de desempleo, jubilación digna y a una renta básica deben de estar fuera de toda discusión.

El Estado tiene que poner todos sus medios a disposición para no solo asegurar el derecho a un trabajo, sino que este cumpla unas condiciones de estabilidad y dignidad.

Se debe fomentar la creación de cooperativas de agricultores que no solo permita a los productores ser realmente los beneficiarios de su trabajo, sino que evite la especulación de los intermediarios que buscan ganar dinero especulando con bienes de primera necesidad como son los alimentos.

No se puede permitir ningún estado que sus mentes más brillantes, en las que tantos millones de euros ha gastado en formación, tengan que emigrar a terceros países porque no tengan posibilidades de desarrollar todo su potencial aquí. Es por eso que debe establecer como prioridad la inversión pública en investigación y desarrollo. Esto último no solo es posible sino que es una necesidad ante la dependencia energética que sufrimos, y que en un futuro nos puede permitir desarrollar un fuerte sector energético renovable.

La vivienda no puede ser un bien especulable como ha sido hasta ahora. Es un derecho y como tal debe ser tratado, con todas las garantías del estado.

Una banca pública fuerte es una necesidad que durante muchos años ha sido desatendida, dejando en manos este sector estratégico, como muchos otros, en manos privadas. Esto termina provocando una dependencia que, como hemos llegado a comprobar, termina degenerando en el autentico secuestro de la soberanía de algunos estados.

Y es que si la soberanía de un Estado reside en el pueblo, y si un gobierno democrático es el representante de dicho pueblo, es obligación de ese gobierno la defensa de los intereses del pueblo al que representa, por encima de otros intereses. Si esto significa la intervención en la economía, la nacionalización de los sectores estratégicos como la banca o el sector energético o la creación de un sector público fuerte y de calidad, está sobradamente legitimado para llevarlo a cabo.

Un estado democrático no puede ni debe estar sometido ni secuestrado a poderes no democráticos e ilegítimos.

viernes, 3 de junio de 2011

Gigante con pies de barro (abr11)

Después de varios años militando en las filas de IULV-CA, años en los que he tenido oportunidad de conocer los entresijos e intimidades de lo que venimos a llamar política; años conociendo y compartiendo inquietudes e ideas; años luchando desde mi humilde parcela por mejorar el mundo que nos rodea; no puedo sino preguntarme ¿Qué aspiraciones tenemos como organización política? ¿Cuál es el fin último que tenemos? ¿Nos hemos vuelto conformistas a según qué niveles?

Para intentar dar respuesta a estas preguntas, aún pudiendo resultar reiterativo, me surge una nueva cuestión. ¿Qué motiva a un individuo a participar activamente en una organización política?

No creo que esté bien generalizar, pues soy de los que opina que cada persona es un mundo. Por más que pueda coincidir ideológicamente un grupo humano, dudo que existan dos personas que compartan al cien por cien la totalidad de sus ideas, planteamientos, aspiraciones, condiciones éticas y morales, etc.

Sin embargo me aventuro a pensar que, al menos en esta organización, aquel o aquella que participa activamente es porque tiene la legítima aspiración humana de construir un mundo mejor, más justo, más solidario, en definitiva buscar esa utopía social que nos permita a todos ser más felices.

Para conseguir este objetivo resulta lógico que aquellas y aquellos que comparten esas aspiraciones busquen asociarse representando aquello de que “la unión hace la fuerza”. Pero si intentamos alcanzar tan nobles objetivos, ¿Por qué somos una minoría? ¿Por qué nuestro mensaje no trasciende como cabría pensar?

Los obstáculos a los que se debe enfrentar una organización como la nuestra son muchos y variados. Hablaremos de boicot mediático, de bipartidismo, de leyes electorales,…pero por desgracia ese es el mundo en el que vivimos, el contexto real que nos rodea, la sociedad en la que estamos y que aspiramos a cambiar.

Es por tanto lógico que partamos de ese contexto, pues es el que tenemos, y que a partir de él trabajemos para cambiarlo.

Cualquier estructura que se trabaje tiene que tener unos buenos cimientos, y esos cimientos deben estar bien asentados en el terreno. Cualquier otra cosa hará de esa construcción una estructura inestable, un gigante con pies de barro que se sostendrá a duras penas.

Para imaginar la sociedad del futuro tendremos que partir de la que tenemos actualmente, y de la misma manera que nadie que construyera su casa le pondría las paredes antes de los cimientos, ni el techo antes que las paredes, nosotros tenemos que saber que para llegar a la utopía tendremos que partir de lo no-utópico.
Todo esto me da la respuesta a una de mis anteriores preguntas. El fin último de esta organización es cambiar la sociedad.

Conociendo nuestro fin último ya podemos deducir que otros objetivos que nos marcamos no son más que herramientas, medios de los que valernos para alcanzar nuestro objetivo final. Un medio es nuestro trabajo, un medio es nuestro ejemplo y coherencia, un medio es nuestra organización política, y un medio es ganar elecciones.

Un medio es nuestro trabajo, ya sea profesionalmente, en el ámbito político o en cualquier otra parcela. De la misma forma que una casa se construye ladrillo a ladrillo, una sociedad mejor se construye con el trabajo de todos y todas, colaborando y participando, aportando ideas y esfuerzo, como una gran máquina donde cada engranaje es importante. De la misma forma que si a la máquina le quitamos la pieza más pequeña deja de funcionar, todas las aportaciones son necesarias para el mañana. No debemos olvidar que el futuro debe de ser obra de todos y no de una autoproclamada élite iluminada.

Un medio es nuestro ejemplo y nuestra coherencia. No se puede decir una cosa y hacer otra distinta. Ser incoherentes con nuestro discurso no es más que restarle credibilidad. Si nosotros que defendemos determinadas ideas no creemos en lo que decimos, difícilmente podemos pretender que nos crea nadie más.

Un medio es nuestra organización política. Un punto de encuentro donde confluimos gentes que compartimos un fin. Un lugar donde nos organizamos, nos coordinamos y trabajamos. Una herramienta que nos permite trasladar nuestro mensaje y llevarlo a cabo en la medida de nuestras posibilidades. Un lugar donde, como se dijo anteriormente, “la unión hace la fuerza”.

Y un medio es ganar elecciones. Como reflexionaba anteriormente debemos partir del contexto real, de la sociedad en la que nos ha tocado vivir y deseamos cambiar, y por suerte o por desgracia, los grandes cambios vienen en gran medida de la mano de las políticas que logren desarrollar los gobiernos.

Son muchos los ejemplos a niveles municipales de la transformación a mejor que dan nuestros pueblos y ciudades cuando podemos llevar a cabo nuestras políticas. Es la demostración práctica de que otra forma de gobernar es posible, el ejemplo de que un mundo mejor no solo es factible sino que está al alcance de la mano.

Sin embargo ya hemos dejado claro que no es un fin, sino un medio. Debemos acercarnos a nuestro objetivo final y para ello se hace necesario ganar elecciones, y no solo a nivel local, sino andaluz y estatal.

Da la impresión que con el paso de los años nos hemos vuelto conformistas. Parece que nos creemos que nuestro techo electoral en Andalucía y el estado son cosas del pasado, de tiempos que difícilmente volverán, conformándonos con pequeñas subidas electorales cuando no con mantenernos.

Personalmente me resulta difícil de digerir la euforia contenida de nuestros dirigentes cuando las encuestas o los resultados dan pequeñas subidas, hasta cierto punto simbólicas. No puedo más que preguntarme ¿Ya está? ¿Con eso nos conformamos? ¿Con ese respaldo vamos a cambiar la sociedad? A todo esto hay que sumarle que si analizas la situación económica que vivimos no sirve más que para indignarte aún más.

Vivimos la crisis económica más brutal que mi generación ha conocido. El paro, la precariedad laboral, la pérdida de derechos, un suma y sigue al que los poderes no saben o no quieren darle más solución que más de lo mismo. Más recortes, más pérdida de derechos, más políticas neoliberales. Y por si esto fuera poco todo llevado a cabo por un partido socialista que se autodenomina de izquierdas (un gran ejemplo de incoherencia). Y ante esto ¿Nos conformamos con pequeñas subidas electorales?

Siempre habrá alguien que lo justifique con la pasividad social, con la desmovilización o con la desmotivación de la gente. Pero ¿Hasta qué punto no tenemos algo de responsabilidad en el tema? ¿Hemos sido capaces de motivar o ilusionar? ¿Qué estamos haciendo o diciendo para que, pese a todo lo que está ocurriendo, la gente no termine de confiar en nosotros?

Creo que estas últimas cuestiones deberían provocar cierta reflexión general. Estamos aquí con un objetivo y debemos dar respuesta a estas preguntas si pretendemos aspirar a alcanzarlo. Podremos saltar de alegría si conseguimos duplicar nuestro número de diputados en Madrid. Podremos mostrar nuestra euforia si subimos uno o dos parlamentarios en Andalucía, pero seguiremos estando lejos de alcanzar el objetivo que nos ha reunido.

Samuel Domínguez Domingo

miércoles, 30 de junio de 2010

Crónica de una Refundación anunciada (jun10)

El sábado estuve en Madrid. La I Asamblea de Refundación esperaba a gentes de la izquierda. Ilusión, reticencias, miedo (por qué no decirlo), expectativa al fin y al cabo por lo que pudiera suceder en una jornada tan señalada. No en vano Fuenlabrada marcaba un punto de inflexión. Lo que pasara en esa asamblea iba a marcar el devenir de la izquierda española. Fracaso o éxito dependería en gran parte de lo que allí sucediera.

La oportunidad histórica era inmejorable. Una crisis del capitalismo como jamás se había visto. Miles de ojos poniendo sus esperanzas en lo que pudiera suceder allí. La consigna era clara; aunar a la izquierda, que todas sus familias fueran capaces de iniciar un proceso constituyente que desembocara en una alternativa fuerte a las políticas neoliberales del PSOE y del PP, que en su ceguera (o mejor dicho, en su vasallaje a los grandes poderes económicos) no contemplan más alternativa que “más de lo mismo”.

Nada más llegar, la primera noticia triste. Parte de la izquierda asturiana no iba a asistir. Mal comienzo. Difícilmente se puede refundar algo si previamente no se cierran las heridas del pasado.

Pero, en fin, uno es joven y la esperanza es lo último que se pierde, así que asistí al plenario esperando ese impulso tan necesario para la izquierda.
Para ser justos debo decir que si lo que buscaba en el plenario era ilusión, la encontré. Las distintas intervenciones confirmaban lo que debería ser evidente. Había que buscar la unidad de la izquierda. Faltaban muchos pero las puertas estaban abiertas. Lo que ese día comenzaba (o teóricamente continuaba) era la refundación de la izquierda, no de Izquierda Unida en clave endógena. Incluso se incidió que los que a día de hoy formábamos Izquierda Unida deberíamos ser una minoría el día de mañana dentro de aquello que surgiera. Incluso Luis García Montero se atrevió a hablar de “nosotros y nosotras”, nada de sectores o familias, nada de “los tuyos” o “los míos”.

Acabado el plenario las pilas estaban cargadas para ir a las distintas comisiones.
Sin embargo, con la llegada de las comisiones de trabajo volvieron las dudas. La mayoría de estas comisiones establecían un marco programático dividido en diferentes temáticas. No en vano siempre hemos defendido que el programa es lo que nos debe unir. Un programa elaborado y consensuado de forma colectiva. Solo una comisión, de última hora, no estaba relacionada con lo programático. Una comisión cuyo eje central era el organizativo.

La idea era clara. Cómo debíamos organizarnos para que lo hablado en el plenario fuera verdad. Cómo articularnos para que nuestro programa pudiera llegar a convertirse en una realidad. Cómo íbamos a confluir todos en un proyecto que debía establecerse como alternativa.

No había documento previo, solo varias ideas apuntadas. Si el plenario recargó mis esperanzas depositadas en esta asamblea, la asistencia a esta comisión empezó a descargármelas a una velocidad de vértigo.

No fue responsable el debate de cómo debíamos organizarnos, ni mucho menos la diferencia de opiniones (que si partido de cuño tradicional, que si movimiento político y social y que entendíamos bajo esta definición, que si la rigidez estatutaria, etc.)

Una opinión venía defendida con fuerza, como si de una consigna se tratara, por cierto sector de la comisión. La nueva forma de organización, ya fuera de Izquierda Unida o de lo que surgiera de este proceso, debía de descargarse de “estructuras comunes”, que en su opinión nos asemejaban más a un partido tradicional que a un movimiento político y social. La única “estructura común” que debía fortalecerse debían ser las Áreas de Elaboración Colectiva.

Vamos por partes. Coincido con la importancia de las Áreas, pilar fundamental de la elaboración programática, siempre en busca del consenso. Coincido en su fortalecimiento y añado el papel protagonista que deben tener en las mismas la base plural, motor básico y esencial de cualquier organización que se diga de izquierdas.

Sin embargo, descargar de “estructuras comunes” a nuestra organización ¿En qué nos convertiría? ¿No se perdería la incidencia de aquello que García Montero señaló, con tanto acierto, del “nosotros y nosotras”? Seríamos un conjunto de “familias”, partidos, grupos, asociaciones e independientes tan solo unidos por el programa ¿No recibe eso el nombre de coalición? Y sigo ahondando en el tema ¿No nos convertiría en una mera marca electoral, una estrategia de pluralidad cogida con alfileres de cara a la opinión pública? Y si esta estructura viera la luz ¿A qué papel quedarían relegados los independientes y grupos minoritarios en cuanto a capacidad de incidir en las decisiones de la organización? ¿No les convertiría este tipo de estructura en mera “mano de obra” de elaboración programática en manos de los grupos mayoritarios?

En esta comisión también quedaron reflejados los problemas internos en la provincia de Jaén, para disgusto de la mesa que no consideraba que fuera sitio para tratarla, pero ¿No tienen derecho a saber aquellos que se han acercado a nosotros con este llamamiento? Si no somos capaces de cerrar nuestras heridas de una forma justa y coherente todo este proceso queda desvirtuado. Me dio la impresión que la resolución de conflictos dentro de I.U. se limita a barrer debajo de la alfombra para que todo esté impecable ante las visitas, pero si miras debajo de la alfombra todo sigue allí.

Un último detalle de esta comisión es que se echó en falta referencias al papel capital que deben tener las asambleas de base y su soberanía. Las bases deben ser el motor de la izquierda. Si olvidamos esto estamos condenados al fracaso.
El plenario que cerró la asamblea lo vi con distintos ojos al que inauguró la jornada. No podía evitar sentir cierto sabor agridulce. Las palabras bonitas seguían ahí pero los actos no acompañaban.

Ese mismo domingo hubo una manifestación en las calles de Madrid convocada por Izquierda Unida. ¿Dónde estaban el resto de colectivos que iban a refundar la izquierda con nosotros? ¿Por qué la convocatoria no era de todos? ¿Dónde estaba el “nosotros y nosotras”?

Quizás sea el pesimismo pero veo la “refundación” más lejos que nunca, al menos la refundación real desde abajo en la que tan firmemente había creído. Así no.

Samuel Domínguez Domingo

domingo, 6 de junio de 2010

Así nos luce el pelo (jun10)

A perro flaco todo se le vuelven pulgas. Eso debe de estar pensando más de uno desde su sillón. Y es que la actual crisis ha venido a dejar en evidencia lo que algunos ya veníamos advirtiendo, la debilidad cada vez más acuciante del estado. Debilidad llevada de la mano de los dos grandes partidos que se visualizan no solo en España, sino también en Andalucía.

Y es que el problema no es nuevo, aunque ahora resulte más patente. El bipartidismo, asentado en una más que injusta ley electoral, es en gran parte responsable del descrédito que viene sufriendo la labor política desde hace ya varios años. La vida política se ha bipolarizado para la sociedad, donde el negro se contrapone al blanco, sin grises ni matices, y donde el discurso político se ha abandonado por el “y tu peor”.

Pero no hay que engañarse. Esta bipolaridad solo es mediática. Un ejercicio de pugna por el poder con el tan manido “quítate tú para ponerme yo”. Cualquiera con un mínimo de visión crítica puede darse cuenta de que ambos partidos son dos caras de la misma moneda. Las propuestas son las mismas, diferenciándose en matices más de cara a la opinión pública que por convicción. Y así nos va.

La actitud tanto del PP como el PSOE al cambio de ley electoral es la misma. De ninguna de las maneras van a abordar un tema que puede hacerles perder su situación de privilegio. Poco importa que la actual ley sea injusta. De nada sirve que el voto de un/a andaluz/a no valga lo mismo que el de un/a gallego/a, de la misma forma que poco importa que un voto al PSOE o al PP tenga más valor que un voto a IU. Para ellos estas cosas son minucias sin importancia. Un pequeño precio a pagar en pérdida de calidad democrática para mantener su estatus. Y eso que se supone que la voz de todos en democracia vale lo mismo.

Seguramente el argumento a esgrimir es el de la protección de las minorías territoriales (véase CIU o PNV), pero este argumento no resulta válido. ¿No se supone que para esto ya existe una cámara, el Senado, que es la encargada de la representación territorial? Y si el Senado no funciona como debiera ¿no sería más lógico abordar de una vez su reforma? Pues no, para ellos la solución lógica es que existan deficiencias de funcionamiento en ambas cámaras.

De todas formas no hay por qué sorprenderse. Que hay déficits democráticos en el estado español es solo una más de tantas contradicciones e incoherencias que tenemos asumidas.

También se recoge en la constitución que todos tenemos derecho a una vivienda, pero alguien se olvidó de especificar que no se podía especular con un bien de primera necesidad. También se hace hincapié en que todos y todas tenemos derecho a un trabajo, pero esta afirmación también se quedó como una mera declaración de intenciones, y mucho menos se iba especificar nada de que ese trabajo tenía que ser de calidad, no fuera que se cerrara la puerta a la precariedad laboral.

También nos han hecho creer que todos los españoles y españolas tenemos los mismos derechos y deberes, sin embargo sabemos de sobra que no es así.

Ley electoral aparte, donde ya sabemos que no todos valemos lo mismo en esta democracia, resulta que aunque teóricamente todos tenemos los mismos derechos solo uno tiene derecho a ser jefe del estado. Debe apellidarse Borbón y, por si fuera poco, para ser el siguiente jefe de estado hay que ser el mayor de sus hijos, teniendo preferencia el hombre sobre la mujer. Da igual los méritos, la formación o simplemente la voluntad popular. Y eso que se supone que la soberanía nacional reside en el pueblo. Lo que nos lleva a otro tema.

Si la soberanía reside en el pueblo, y el gobierno y los poderes públicos lo representan, lo lógico es que estos poderes velaran y defendieran nuestros intereses. Si esto significa intervenir de forma activa en la economía está de sobra legitimado. No solo es su derecho, sino que es su obligación. Sin embargo los dos partidos mayoritarios coinciden en el no intervencionismo económico a favor del libre mercado. Si un gobierno no defiende los intereses de aquellos a los que representa para mi queda deslegitimado. No es comprensible que un gobierno defienda los intereses de los grandes capitales privados que en nombre del libre mercado nos han traído a esta situación, y seamos los grandes perjudicados los que tengamos que cargar con las consecuencias. No tiene lógica que el dinero público tenga que servir para ayudar al gran capital privado en situaciones de crisis pero no se pueda desarrollar un sector público fuerte. No es lógico que no exista una banca pública dejándonos a todos en manos de la banca privada y su continua búsqueda de mayores beneficios. Y tampoco es lógico que sectores estratégicos como el energético esté en manos privadas.

Y es que cada vez es más evidente que el actual sistema es solo una herramienta en manos de los grandes capitales privados, gestionados de forma sumisa por el PP y el PSOE. A estos dos partidos poco les interesa el interés general. Solo se mueven por instinto electoralista, ¿o qué nombre puede recibir si no lo que ha ocurrido en Andalucía con la deuda histórica? Ninguno de estos dos partidos ha creído nunca en ella. Solo les ha servido de arma arrojadiza para erosionar al rival, reivindicando su pago o regateando con ella según conveniencia, todo para acabar finalmente reducida y pagada en especias. Y luego se arroparán en la bandera andaluza cuando lleguen las elecciones. Nos intentarán hacer creer que para ellos Andalucía es lo primero, pero se les niega constantemente la posibilidad de tener unas elecciones separadas de las generales. Unas elecciones donde se pueda hablar de Andalucía, de sus necesidades y de sus carencias, sin que sea solapado dicho debate por ningún otro. Para estos dos partidos Andalucía es un granero de votos, un pueblo al que adular y engañar constantemente, al servicio de sus intereses.

Y es que así nos luce el pelo. Una sociedad desencantada y desactivada donde dos partidos luchan constantemente con el único objetivo de alcanzar el poder para poder mantener su estatus, sin intereses reales más allá que los propios, sin ánimos de transformar lo que tenemos en algo mejor para todos.

Pero aquí no pasa nada. Si algún día, los que en ese momento tuvieran los sillones se vieran en la desgracia de perderlos, siempre les quedaría la confianza de que dentro de algunos años (cuatro o quizás ocho) volverían a recuperar lo que nunca debieron perder. De eso se encargará su mimada ley electoral.


Samuel Domínguez Domingo

domingo, 31 de mayo de 2009

Propuestas para la Refundación (de verdad) de I.U. (abr09)

Estas propuestas pretenden reseñar una serie de puntos que, según mi opinión, deberían tenerse en cuenta para la más que necesaria refundación de IU.

Partiendo de la base que en los últimos años IU ha perdido no solo peso específico en las instituciones y en la sociedad, sino además credibilidad como organización política y social. Independientemente de los distintos factores externos que hayan podido llevarnos a esta situación, y asumiendo que gran parte de la responsabilidad de estos sucesos se deben a condicionantes internos. Y teniendo en cuenta que la situación política y social actual es propicia como ninguna otra para aumentar la influencia de esta organización, de izquierdas y con un marcado carácter social, cualquier cosa que no implique el crecimiento de IU debe ser considerado como un fracaso.

Teniendo en cuenta lo anteriormente expuesto, la refundación real de IU debe tener en cuenta:

1- Los documentos deben ir acompañados de un plan de trabajo. Estamos más que acostumbrados que con la llegada de nuevos procesos asamblearios se presenten documentos donde se representan a las distintas sensibilidades de IU. Estos documentos quedan en la mayoría de los casos como simples declaraciones de intenciones. Tenemos que ser más consecuentes y planificar el trabajo que se debe realizar para dotar de contenido real a los documentos que se presentan. Para ello deberíamos acompañarlos de un plan de trabajo donde se establezcan claramente los objetivos que se persiguen, los medios que necesitamos y con los que contamos, las tareas que debemos realizar y los tiempos que nos marcamos. Deberíamos establecer los mecanismos de evaluación necesarios para justificar el trabajo realizado, analizar los distintos logros y paliar los contratiempos que pudieran surgir para la consecución de nuestros fines.

2- Renovación real de las direcciones. No hay nadie imprescindible. Se hace necesario que la tan aireada renovación sea real, de tal manera que se imprima frescura a las distintas direcciones y que desde IU podamos presentar a la sociedad caras nuevas que no sean las mismas que están acostumbradas a ver desde hace tantos años. Estas renovaciones no solo deben ser paritarias, sino que sepa combinar juventud con veteranía. Debemos contar con todas las sensibilidades que componen nuestra organización para esta tarea.

3- La experiencia como elemento enriquecedor. El hecho de la renovación no debe significar nunca el “borrón y cuenta nueva”. La experiencia política adquirida por nuestros dirigentes en este tiempo no debe caer en saco roto. El abandono de la primera línea no debe significar en ningún caso el cese de su labor dentro de la organización. Para ello deberían articularse los mecanismos para que, desde una segunda línea, puedan aportar su experiencia y su trabajo para el mejor funcionamiento de nuestra organización.

4- La elaboración colectiva y el consenso como señas de identidad. Para ello hay que darle un nuevo impulso a las áreas. Ambas características han sido desde el comienzo señas de identidad de IU y por ello no debemos abandonarlas. Hay que dotar a las áreas de recursos y autonomía, donde se elabore con la pluralidad que se nos presupone, y siempre en la búsqueda del consenso. Es mejor que el trabajo resultante de las áreas sea resultado del consenso de todos que grandes documentos en el que solo se refleje una parte de las sensibilidades que forman IU.

5- IU abierta a la sociedad y donde todos tengamos cabida. Para ello se hace necesario el cese de las expulsiones y de las decisiones represivas. Con estas líneas de actuación no resultamos creíbles cuando hablamos de la pluralidad de IU. También hay que tener en cuenta que si decidimos ser una fuerza abierta a la sociedad no podemos poner “vetos”. Es por ello que se hace imprescindible la readmisión dentro de IU de tod@s aquell@ compañer@s que han ido quedando por el camino en distintas purgas y procesos de expulsión.

6- El compromiso ético de IU debe ser indiscutible. “La mujer del César no solo debe ser honrada, sino parecerlo”. Hay que dotar a nuestra organización de organismos reales y operativos para ser un ejemplo ante todos de honradez. Debemos ser los primeros en poner orden en casa y evitar desde el principio casos turbios que pongan en tela de juicio el buen nombre de IU.

7- Dotar a IU de medios de difusión. Si parte de nuestra crisis se debe al boicot mediático debemos dejar de lamentarlo y poner soluciones al respecto. Internet es el medio de difusión del siglo XXI y debemos dotarnos de los medios para no solamente saber utilizarlos en provecho de nuestra organización, sino de dotarnos de herramientas que nos hagan encabezar nuestra labor política dentro del espacio virtual. Tendríamos que volcarnos en publicaciones de carácter político y buscar los medios para darle la mayor difusión posible.

8- La formación y la educación como arma política. El gran capital con el que cuenta IU es esencialmente humano. Nuestras bases son el sostén de nuestra organización. No podemos dejar de la mano la formación de nuestros militantes en los temas que abanderamos. En ningún sitio se hace política como en la calle. Para eso debemos saber todos valorar la situación actual que vivimos, cuáles son sus causas, quiénes los responsables, qué proponen otros para solucionar los problemas actuales, que proponemos nosotros, y por qué pensamos que nuestra alternativa es mejor que la de otros. La política no solo se hace en las instituciones, se hace en la calle, en los bares, en las puertas de los colegios, en reuniones con amigos,…

Estas propuestas son tan solo algunas consideraciones que creo que deberíamos tener en cuenta para que la renovación de IU sea real y creíble.

Samuel Domínguez Domingo

Sobre expulsiones y medidas represivas (jul08)

Hubo un tiempo, en una tierra muy lejana, donde aquellos que estaban oprimidos rompieron sus cadenas. Donde aquellos a los que se les negaba la palabra alzaron sus voces. Un tiempo en que aquellos que tenían hambre exigieron su derecho a comer. Un tiempo en que aquellos que morían por aquel que se decía su superior se rebelaron. Era un tiempo donde un grupo de hombres y mujeres imaginaron una utopía y lucharon por conseguir hacerla realidad.

Sin embargo, hoy en día, aquellos que se dicen herederos de aquel espíritu revolucionario, en algún momento del camino en busca de la utopía, erraron el rumbo. En la búsqueda de la libertad les negaron esta a sus compañeros. En su pelea por acabar con las clases crearon nuevas clases dominantes. En su afán por terminar con los reyes alzaron los suyos propios. En su reivindicación de que sus palabras fueran oídas acallaron al resto y se alzaron como únicos portavoces. Exigieron lealtad a los nombres en vez de a las ideas. En su celo revolucionario terminaron convirtiéndose en aquello contra lo que sus predecesores lucharon.

Hoy, igual que ayer, los individuos que se permiten pensar libremente, aquellos que niegan tutelas y adoctrinamientos, sufren persecución. Pero es el orden natural de las cosas que llegará el día en que el oprimido se levante contra el opresor, llámese este como se quiera llamar o diga representar aquello que no le pertenece.

Las ideas son patrimonio de los hombres y mujeres libres, y a estos nadie ni nada podrá hacerlos callar.



Samuel Domínguez Domingo

REFLEXIONES (10may08)

“El hombre superior es modesto en el hablar,
pero abundante en el obrar.” (Confucio)


Desde mi modesta posición y con la inocencia, bendita inocencia, que me da el haber permanecido ajeno durante la mayor parte de mi vida a los entresijos internos que oculta la política, pretendo hacer una reflexión de aquello que, en el poco tiempo que llevo participando en IU, me ha hecho abrir los ojos, ilusionarme, desengañarme, perder la esperanza, y motivado para seguir, hoy más que ayer, luchando por los valores que uno cree justos.

Hasta hace un año permanecía ajeno a lo que algunos consideran vida política. Personalmente no creo que exista nadie ajeno a la política, tan solo personas apartidistas, desengañadas de la forma actual que hay de hacer política. Quizás conformistas o poco motivadas, aferradas a la idea de que lo que hay es inmutable y que cambiar la sociedad está más allá de sus posibilidades, pero nunca apolíticas. Hasta la persona más reacia tiene en su fuero interno una idea de cómo le gustaría que fueran las cosas, qué cambiaría de la sociedad y qué dejaría igual. Ese simple pensamiento convierte a la persona en política. Un político no es el que ocupa un sillón en la administración, es aquel o aquella que tiene ideas propias, ya se las guarde para sí mismo, ya las comparta con el resto. Y para llevar a cabo estas ideas no hace falta militar en un partido ni en un sindicato, ni estar situado en las altas esferas de poder. Para trabajar para cambiar las cosas solo hace falta querer, independientemente del ámbito en que se realice este trabajo.

Desde esta misma apatía que antes comentaba que a cierto sector de la sociedad le provoca todo aquello que tiene que ver con el ámbito político, IU ha intentado fomentar la idea de que existe otra forma de hacer política, diferente a la que propugnan los partidos mayoritarios. Una política real de izquierdas, cercana al ciudadano, donde este tiene su protagonismo. Todos tenemos algo que decir y todos tenemos derecho a que se nos escuche y se nos tenga en cuenta. IU ha abanderado la posibilidad del ciudadano de a pié de llegar a las instituciones, escuchando sus problemas y sus reivindicaciones, y haciendo de estas las suyas propias. Por una vez parecía que un grupo político no vivía de espaldas a la sociedad, sino que formaba parte de esta misma. El ámbito local ha sido nuestro gran bastión, pues es donde de forma más cercana se ve el trabajo del día a día, el interés por los problemas cotidianos y donde nuestros vecinos pueden comprobar que defendemos sus intereses. IU es y debe seguir siendo una fuerza dinámica, inquieta y trabajadora. No tenemos nada que perder y si mucho que ganar.

Sin embargo, a otros niveles institucionales, ese trabajo que se realiza en nuestros pueblos y ciudades no parece dar sus frutos. De alguna manera nuestros vecinos confían en nosotros en su ámbito más cercano, pero esa confianza flaquea cuando hablamos de representarles a niveles andaluz y estatal. Y cada vez más. Esto debería hacernos reflexionar.

El bipartidismo y la ley electoral puede ser esgrimido como causa. Quizás el boicot mediático. Pero no estaría de más que también se realizara un poco de autocrítica. Y cuando me refiero a autocrítica me refiero a una real, no basada en los reproches de lo pasado ni en el victimismo. IU es ahora lo que TODOS hemos querido que sea, ya fuera por acción o por omisión.

La elaboración colectiva del programa, la coherencia del discurso, la participación activa de las bases en las tomas de decisiones, la apertura social, la pluralidad, el debate, el respeto, las ideas por encima de los personalismos, las renovaciones de cargos,... todo ello es necesario, siempre y cuando se demuestre que es cierto. Los grandes discursos, si no vienen acompañados de actos, quedan carentes de sentido. Y dotar de sentido a nuestro discurso es tarea de TODOS.

Para el que llega de fuera y lleva poco tiempo aquí, a veces da la impresión que nuestra ocupación favorita es mirarnos el ombligo, cuando deberíamos estar trabajando en la calle. Pocas veces da la impresión que todos tengamos claro que esto no es un fin, sino un medio para cambiar la sociedad actual para mejor. No da la impresión que lo que importe sean las personas y las ideas que nos mueven. El barco se hunde, y en vez de tapar las vías y remar todos juntos en la misma dirección nos dedicamos a buscar culpables por el estado del barco. Si el barco finalmente se hunde dará igual de quien sea la culpa.

Pretendemos ilusionar a la gente con la idea de que otro mundo es posible. Que todos participen en la elaboración de un nuevo futuro. Pero si nosotros mismos no nos creemos el discurso y trabajamos por ello, si no somos capaces de ilusionarnos, ¿Cómo vamos a pretender que lo haga la sociedad? Si yo mismo, que apenas llevo aquí un año, me desilusiono con lo que veo día a día, yo, que he dado el paso a acercarme y formar parte de algo que creo que es importante y necesario, pienso que falta coherencia entre nuestro discurso y nuestros actos ¿Cómo podemos hacer creer a la sociedad que somos una alternativa de futuro para gobernar y mejorar la sociedad que nos rodea?

Como dije en un principio, quizás hable desde la inocencia o el desconocimiento de la realidad. Quizás las cosas nunca fueron como yo llegué a imaginarlas. Pero me niego a creer que nuestra utopía es irrealizable. Quizás no podamos conseguirla a un 100%, pero aunque solo logremos un 5% de ella será un gran paso. Quizás puedan decirme en el futuro que no lo conseguí, pero jamás que no lo intenté.

Aún así, hay una cosa que debemos tener clara. De la misma forma que somos responsables últimos de lo que hoy en día es IU, solo nosotros tenemos en nuestras manos nuestro futuro como organización. Y cualquier futuro positivo pasa por un ejercicio individual y colectivo de responsabilidad política e ideológica.

IU debe aspirar a ser una opción seria de gobierno, no solo en nuestros ayuntamientos, sino en Andalucía y en el estado español.

La situación en Andalucía es favorable a un cambio de izquierdas capitaneada por IU si nosotros sabemos aprovechar la oportunidad. El desgaste del PSOE y de Chaves al mando de la Junta es una evidencia. Las sucesivas victorias electorales socialistas vienen de la mano no solo de sus posibles méritos, sino de la incapacidad de la oposición de ofrecer una alternativa seria y real al actual gobierno. Con un electorado mayoritariamente de izquierdas, el PSOE ha resistido elección tras elección como alternativa a un posible gobierno de derechas. Ante esto, la sociedad andaluza lo ha contemplado como el mal menor. IU no ha sabido aprovechar esta oportunidad.

La necesidad de un discurso veraz, alternativo, de izquierdas, responsable y consecuente, representado por dirigentes coherentes, amables y con la capacidad didáctica que se le debe suponer para explicarlo a la sociedad, respaldado con el trabajo de las bases día a día y en la misma línea propuesta, y con el sólido apoyo de un programa bien elaborado y con aspiraciones de gobierno debería representarnos como una alternativa real a las políticas actuales. Hacer ver a la sociedad que la opción mayoritaria del voto no es el mal menor, sino un futuro ilusionante. En una sociedad andaluza donde la izquierda tiene tanto arraigo el bipartidismo debe ser luchado con todas nuestras fuerzas desde la unidad interna.

En Andalucía se da mejor que en ningún otro sitio la posibilidad de hacer una política transformadora. Si somos capaces de demostrar que hay otras posibilidades de hacer política y que la izquierda real no es lo que propone el PSOE, seremos capaces de calar en el colectivo. No olvidemos nunca que aunque nuestro enemigo político es el PP y la derecha, nuestro rival político es el PSOE. Debemos saber diferenciarnos de ellos, porque si no lo hacemos no seremos necesarios para esta sociedad. No hablamos de la famosa “pinza” que se esgrime cada vez que hacemos oposición. Es por ello de la capacidad didáctica que señalaba como necesidad a nuestros dirigentes. Hablamos de la necesidad de proponer alternativas reales, explicarlas, defenderlas, dejar claro que las alianzas de izquierdas no suponen cheques en blanco, sino la defensa de nuestros principios e ideales, y nuestro legítimo derecho a trabajar por llegar a convertirlas en realidad. Saber decir que no, pero esgrimiendo nuestra alternativa. Defender nuestros logros como propios y luchar para que ningún otro grupo político se apodere de ellos.

Nuestro futuro en Madrid vendrá respaldado por nuestra capacidad en Andalucía. Si somos capaces de demostrar que somos capaces de gobernar aquí existe la posibilidad de que en otros lugares también consideren en serio nuestra opción como factible.

Samuel Domínguez Domingo