El sábado estuve en Madrid. La I Asamblea de Refundación esperaba a gentes de la izquierda. Ilusión, reticencias, miedo (por qué no decirlo), expectativa al fin y al cabo por lo que pudiera suceder en una jornada tan señalada. No en vano Fuenlabrada marcaba un punto de inflexión. Lo que pasara en esa asamblea iba a marcar el devenir de la izquierda española. Fracaso o éxito dependería en gran parte de lo que allí sucediera.
La oportunidad histórica era inmejorable. Una crisis del capitalismo como jamás se había visto. Miles de ojos poniendo sus esperanzas en lo que pudiera suceder allí. La consigna era clara; aunar a la izquierda, que todas sus familias fueran capaces de iniciar un proceso constituyente que desembocara en una alternativa fuerte a las políticas neoliberales del PSOE y del PP, que en su ceguera (o mejor dicho, en su vasallaje a los grandes poderes económicos) no contemplan más alternativa que “más de lo mismo”.
Nada más llegar, la primera noticia triste. Parte de la izquierda asturiana no iba a asistir. Mal comienzo. Difícilmente se puede refundar algo si previamente no se cierran las heridas del pasado.
Pero, en fin, uno es joven y la esperanza es lo último que se pierde, así que asistí al plenario esperando ese impulso tan necesario para la izquierda.
Para ser justos debo decir que si lo que buscaba en el plenario era ilusión, la encontré. Las distintas intervenciones confirmaban lo que debería ser evidente. Había que buscar la unidad de la izquierda. Faltaban muchos pero las puertas estaban abiertas. Lo que ese día comenzaba (o teóricamente continuaba) era la refundación de la izquierda, no de Izquierda Unida en clave endógena. Incluso se incidió que los que a día de hoy formábamos Izquierda Unida deberíamos ser una minoría el día de mañana dentro de aquello que surgiera. Incluso Luis García Montero se atrevió a hablar de “nosotros y nosotras”, nada de sectores o familias, nada de “los tuyos” o “los míos”.
Acabado el plenario las pilas estaban cargadas para ir a las distintas comisiones.
Sin embargo, con la llegada de las comisiones de trabajo volvieron las dudas. La mayoría de estas comisiones establecían un marco programático dividido en diferentes temáticas. No en vano siempre hemos defendido que el programa es lo que nos debe unir. Un programa elaborado y consensuado de forma colectiva. Solo una comisión, de última hora, no estaba relacionada con lo programático. Una comisión cuyo eje central era el organizativo.
La idea era clara. Cómo debíamos organizarnos para que lo hablado en el plenario fuera verdad. Cómo articularnos para que nuestro programa pudiera llegar a convertirse en una realidad. Cómo íbamos a confluir todos en un proyecto que debía establecerse como alternativa.
No había documento previo, solo varias ideas apuntadas. Si el plenario recargó mis esperanzas depositadas en esta asamblea, la asistencia a esta comisión empezó a descargármelas a una velocidad de vértigo.
No fue responsable el debate de cómo debíamos organizarnos, ni mucho menos la diferencia de opiniones (que si partido de cuño tradicional, que si movimiento político y social y que entendíamos bajo esta definición, que si la rigidez estatutaria, etc.)
Una opinión venía defendida con fuerza, como si de una consigna se tratara, por cierto sector de la comisión. La nueva forma de organización, ya fuera de Izquierda Unida o de lo que surgiera de este proceso, debía de descargarse de “estructuras comunes”, que en su opinión nos asemejaban más a un partido tradicional que a un movimiento político y social. La única “estructura común” que debía fortalecerse debían ser las Áreas de Elaboración Colectiva.
Vamos por partes. Coincido con la importancia de las Áreas, pilar fundamental de la elaboración programática, siempre en busca del consenso. Coincido en su fortalecimiento y añado el papel protagonista que deben tener en las mismas la base plural, motor básico y esencial de cualquier organización que se diga de izquierdas.
Sin embargo, descargar de “estructuras comunes” a nuestra organización ¿En qué nos convertiría? ¿No se perdería la incidencia de aquello que García Montero señaló, con tanto acierto, del “nosotros y nosotras”? Seríamos un conjunto de “familias”, partidos, grupos, asociaciones e independientes tan solo unidos por el programa ¿No recibe eso el nombre de coalición? Y sigo ahondando en el tema ¿No nos convertiría en una mera marca electoral, una estrategia de pluralidad cogida con alfileres de cara a la opinión pública? Y si esta estructura viera la luz ¿A qué papel quedarían relegados los independientes y grupos minoritarios en cuanto a capacidad de incidir en las decisiones de la organización? ¿No les convertiría este tipo de estructura en mera “mano de obra” de elaboración programática en manos de los grupos mayoritarios?
En esta comisión también quedaron reflejados los problemas internos en la provincia de Jaén, para disgusto de la mesa que no consideraba que fuera sitio para tratarla, pero ¿No tienen derecho a saber aquellos que se han acercado a nosotros con este llamamiento? Si no somos capaces de cerrar nuestras heridas de una forma justa y coherente todo este proceso queda desvirtuado. Me dio la impresión que la resolución de conflictos dentro de I.U. se limita a barrer debajo de la alfombra para que todo esté impecable ante las visitas, pero si miras debajo de la alfombra todo sigue allí.
Un último detalle de esta comisión es que se echó en falta referencias al papel capital que deben tener las asambleas de base y su soberanía. Las bases deben ser el motor de la izquierda. Si olvidamos esto estamos condenados al fracaso.
El plenario que cerró la asamblea lo vi con distintos ojos al que inauguró la jornada. No podía evitar sentir cierto sabor agridulce. Las palabras bonitas seguían ahí pero los actos no acompañaban.
Ese mismo domingo hubo una manifestación en las calles de Madrid convocada por Izquierda Unida. ¿Dónde estaban el resto de colectivos que iban a refundar la izquierda con nosotros? ¿Por qué la convocatoria no era de todos? ¿Dónde estaba el “nosotros y nosotras”?
Quizás sea el pesimismo pero veo la “refundación” más lejos que nunca, al menos la refundación real desde abajo en la que tan firmemente había creído. Así no.
Samuel Domínguez Domingo
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